Hoy es el día de mercado. La plaza es una fiesta continua. Y todo el mundo está invitado. Los tópicos se concentran en este ombligo del mundo. Casi dan ganas de reír. De repente, la imaginación me devuelve a la niñez. El frutero coloca las verduras en el carro, la lechera trae la leche recién ordeñada, el panadero saca los panecillos del horno… Y no puedo evitar el pensar que lo estamos perdiendo. Mientras como una uva del mercado, el dulzor violeta se esparce por mi boca. Incluso huele a púrpura. Ojalá pudiera quedarme más tiempo en esta ilusión, pero la campana de la iglesia me recuerda la hora, “din, dan, don” – tañe la campana en lugar de seco “din, don”. ¡Ojalá pudiera quedarme aquí! ¡Artesanía! Oficios casi desaparecidos… Sin embargo, hay los que conservan la tradición elaborando sus productos. Un artesano lleva en el alma su oficio que se pasaba de padre a hijo durante siglos, mima cada detalle. A menudo, el escudo familiar yace orgullosamente en sus productos, y el fiel creador defiende su calidad con el nombre y honradez de sus ancestros. Es indudable que la globalización y la monopolización en esferas agroalimentarias lleva a la pérdida de calidad. Eso sí, hoy en día puedes encontrar o conseguir cualquier cosa en cualquier lugar del mundo. Y Rusia no es una excepción. Pero en los supermercados se venden productos fabricados en cadena, son productos anónimos, sin cara, ni corazón. Por cierto, los productos anónimos ya existían en la Unión Soviética. Muchos se acordarán de las tiendas que se llamaban simplemente “Pan”, o “Leche”, o “Productos”. Pero no cabe la menor duda que el producto “sin autor” no tiene comparación alguna con el producto en el que el hombre ha invertido no solo su trabajo y tiempo, sino el alma.